
Allí donde la palabra no puede utilizarse para la comunicación, hay otros modos de expresión posibles. El dibujo, en particular, es un maravilloso instrumento de comunicación. El niño es un dibujante espontáneo. Cuando aún es muy pequeño y torpe, pide lápices pinturas. Probablemente sea el verdadero artista del mundo, pues se compromete a fondo en lo que hace. Desde luego, al igual que los artistas adultos, le preocupa el ser admirado. Con una ingenua vanidad enseña el resultado de su actividad, pero es bien sabido que, para él, lo importante es hacer. El dibujo del niño tiene siempre un sentido, que él mismo nos enseña gustosamente, detallando la historia que ha representado. Pero, para un observador adulto, la historia tal como la cuenta el niño no agota todos los significados del dibujo. Los aspectos plásticos, las cualidades geométricas, la distribución de los colores, las dimensiones respectivas de las partes, la elección y el tamaño de los personajes, la confección de la página, todo ello es sumamente revelador, tanto desde el punto de vista de las capacidades intelectuales como de las reacciones afectivas.
El hacer dibujar al niño resulta así uno de los más preciosos métodos de que podríamos disponer para abordar el desarrollo infantil. Es evidente que no siendo nuestros conocimientos sino lo que son, innumerables secretos nos resultan inaccesibles, pero es en ellos donde reside la originalidad y la libertad de cada cual. No está mal que esa libertad y originalidad se manifiesten pronto: se presentan tantas ocasiones en la vida del niño para cegarlas.
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